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La estrella del embajador Carlos Alberto de Costa Nora Sepúlveda

Martes, 30 Abril 2019 22:27

De Europa llegó con su familia un niño vestido de marinerito chileno con sus seis años marselleses que trataba de cruzar alguna palabra en español, sin embargo hablaba en portugués. En el traje de marinero siempre se oculta una incógnita, pues se presiente que dentro del bolsillo hay un puñado de mar o destino, así sus parientes chilenos veían a Carlos Alberto de Costa Nora Sepúlveda.

La simpatía irresistible conquistaba a toda la gente, pasó a ser una especie de símbolo de unión entre Chile, Francia y Portugal. Arribó a esta patria en medio de la Segunda Guerra Mundial, en Francia nació bajo la Bandera Chilena. Su madre, chilena, hija de nuestro cónsul en Marsella, desde que nacieron él y su hermano, les inculcó que eran chilenos no portugueses como el papá.

La familia de Costa Nora se instaló en Santiago, los niños ingresaron al colegio San Pedro Nolasco o Patrocinio San José. De formación disciplinada, terminó sus estudios en la Escuela Militar. Excelente hijo, no perdió su tiempo, egresó de leyes con notas brillantes y obtuvo beca para la universidad en Inglaterra. De regreso a su patria se incorporó como meritante al Ministerio de Relaciones Exteriores prestando tres años de servicio ad honorem.

En 1964 es designado primer secretario a la embajada de Chile en Yugoslavia, hacia allá se dirige en compañía de su esposa, la encantadora e inteligente casi abogada Sylvia Montti. Llegaron a un país con régimen dictatorial Marxista. Con un Belgrado en que no había pan ni leche.

La ciudadanía vivía en poblaciones callampas, al final les destinaron una a ellos, con el rótulo de “Vivienda para el cuerpo Diplomático”. Por fortuna cuando nuestro embajador se impuso de la situación fue en su ayuda. Lo insospechado que este “fanático nazi” se convirtió en una especie de papá para el joven matrimonio y ellos en la familia en la que él encontraba calor de hogar. Era la época de la revisión del “Círculo Hermético” y de sus últimas reuniones con Herman Hesse.

Estuvo Costa Nora de Cónsul General en Colombia, Zurich y en Londres de 1979 a 1982, la embajadora viuda de Costa Nora Sepúlveda, atrayente y talentosa mujer que fuera una especie de consejero particular, realizó un notable trabajo como diplomática creando vínculos culturales y sociales en diferentes ámbitos que dejó su esposo, hace recuerdos interesantes, como cuando fueron a visitar las cenizas que guardan de O´Higgins en Inglaterra, pero fue una tarde memorable cuando conoció a Margaret Thatcher antes de ser ella Primer Ministro, dictando una conferencia en la universidad de Harvard: “yo siempre la admiré, es una mujer macanuda”, expresa Sylvia.

Rápida carrera la del Cónsul General, en 1986, es nombrado embajador extraordinario y plenipotenciario en Caracas, Carlos Alberto de Costa Nora Sepúlveda, quizá ese era el secreto que guardaba aquel traje de marinero con el cual vio por primera vez su patria. La pareja de jóvenes embajadores fueron muy bien recibidos por la alta sociedad venezolana, pero debían enfrentar también momentos complejos debido a las situaciones políticas en Chile.

Con un grupo de 15 funcionarios contaba nuestra cancillería, todo marchaba como reloj, hasta que una mañana sintieron y vieron que se iniciaba un incendio, alguien corrió para abrir las puertas de la cancillería y les fue imposible pues las chapas estaban atajadas y el sistema no funcionaba, las oficinas estaban en un piso muy alto, el fuego arrasaba con todo, el embajador de Costa Nora alcanzó a llamar a su señora y despedirse de ella relatándole el fatídico suceso.

Cuál fue el motivo verdaderamente por el cual se produjo el incendio y se atascaron las puertas, nos confiesa la embajadora que jamás ha recibido una respuesta convincente al respecto. Carlos Alberto de Costa Nora Sepúlveda, hijo del cónsul de Portugal en Santiago de Chile, don Juan Costa Nora de Silva, de quien heredó esa gracia y señorío característicos del Lusitano.

Carmen Gaete de Bunster

Escritora y poetisa

Cuerpo Diplomático en Revista, Edición 190, 2013, pág. 31.

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